sábado, 10 de julio de 2021

Encuentros con Jesús, Timothy Keller

 Jesús es ternura sin debilidad. Fuerza sin rudeza. Humildad sin una pizca de inseguridad. Autoridad determinante sin egocentrismo. Santidad y fe firme sin inaccesibilidad. Poder sin desconsideración.


Jesús no vino con una espada en Sus manos; vino con clavos en Sus manos. No vino a traer juicio; vino a cargar con el juicio.


A diferencia de cualquier otro ser humano, Jesús conocía la comunión perfecta y amorosa con el Padre. Jesús conocía la infinita felicidad de un compañerismo pleno con el Padre. No obstante, al ir caminando hacia el jardín comenzaría a orar, y de pronto, por primera vez en toda la eternidad, se dio cuenta de que las líneas de comunicación se romperían. Esto es lo que Bill Lane, dice sobre el jardín:

"Esa terrible ansiedad y dolor, de la que brota la oración por el peso de esa copa, no es la expresión de temor ante un destino oscuro, ni una retracción ante la perspectiva del sufrimiento físico y la muerte. Es más bien el horror de uno que vive completamente para el Padre ante la expectativa de la separación de Dios que está implicada en el juicio sobre el pecado que Jesús asume… Jesús vino para estar con Su Padre… antes de ser traicionado, pero en vez de ver el cielo abierto, vio el abismo del infierno por delante, y tambaleó".

Entre más larga, profunda e íntima sea la relación de amor, más agudo es el dolor cuando se rompe.


Jesús no solo murió la muerte que nosotros debíamos morir para quitar de nosotros la maldición de la ley; también vivió la gran vida de amor y fidelidad que nosotros debíamos haber vivido para poder ganar la bendición de Dios sobre nosotros.


Jesús recibió el castigo que nosotros merecíamos, y nosotros recibimos la recompensa de Dios que Él merecía. Es una salvación asombrosamente profunda. Es gracia sobre gracia.


Si Jesucristo no hubiera entendido la copa de forma completa antes de beberla, no hubiera sido un acto voluntario y humano. Pero al tomar la copa, sabiendo lo que sabía, hace de su amor por nosotros el acto más maravilloso de todos, y su obediencia a Dios el acto más perfecto de todos.

No es suficiente con decir que este fue únicamente el acto más grande de amor en la historia; también fue la obediencia más asombrosa y perfecta a Dios.


Al primer Adán le dice: “Obedece lo que te diga en cuanto al Árbol y te bendeciré”. Adán no lo hizo. Pero al segundo Adán le dice: “Obedece lo que te diga en cuanto al Árbol y serás molido”. Y Jesús lo hace. Jesús es la primera y última persona en la historia a quien se le dice que la obediencia le traerá una maldición. El Padre está diciendo, esencialmente: “Si me obedeces, si eres fiel a mí, te desampararé, te arrojaré y enviaré tu alma al infierno”. Y, aun así, Jesús obedece. Aun cuando estaba en la cruz, aun cuando había sido abandonado por su Padre, Jesús lo llama“Mi Dios”.


Ascención, San Agustín lo dijo de la siguiente manera: “Ascendiste frente a nuestros ojos y nos dimos la vuelta afligidos, solo para encontrarte en nuestros corazones”.

Jesús le está diciendo a María:

“Puedes soltar Mi mano, porque puedo darte algo mucho mejor que Mi mano en tu mano. Puedo poner Mi corazón en tu corazón”.


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