En el libro de Éxodo relata que los hijos de Aron fueron consumidos por ofrecer fuego extraño a Dios.
En estos tiempos se le ha atribuido al Espíritu Santo las obras del diablo, ofreciendo fuego extraño a Dios. El Espíritu Santo es igual de divino que Dios Padre y Dios Hijo.
Cuando
el movimiento pentecostal comenzó en el año 1900, los conservadores teológicos
lo consideraron ampliamente como una secta. En la
década de 1960, el movimiento comenzó a extenderse dentro de las denominaciones
principales, ganando terreno en las iglesias protestantes que habían abrazado
el liberalismo teológico y ya estaban muertas espiritualmente. El inicio del
movimiento de renovación carismática suele atribuirse a la Iglesia Episcopal de
San Marcos, en Van Nuys, California. Apenas dos semanas antes del Domingo de
Resurrección en 1960 su pastor, Dennis Bennett, anunció que había recibido un
bautismo pentecostal del Espíritu Santo. (Reveló que él y un pequeño grupo de
feligreses habían mantenido reuniones secretas durante algún tiempo, durante
las cuales practicaron el hablar en lenguas.)
Para
la década de 1970 el movimiento de renovación carismática estaba empezando a
cobrar un impulso real. En la década de 1980, dos profesores en el Seminario
Teológico Fuller, una escuela evangélica tradicional que había abandonado su
compromiso con la infalibilidad de la Biblia en los primeros años de la década
de 1970, comenzaron a promover ideas carismáticas en sus aulas. El resultado ha
sido denominado «La tercera ola», es decir, la teología pentecostal y
carismática infiltrándose en el evangelicalismo y el movimiento de la iglesia
independiente.
La
adoración genuina se ha deformado mediante la emotividad desenfrenada, la
oración se ha contaminado con galimatías privadas, la verdadera espiritualidad
se ha viciado con misticismo no bíblico y la fe se ha corrompido al convertirlo
en una fuerza creativa para expresar deseos mundanos.
La
obra del Espíritu Santo es liberar a los pecadores de la muerte, dar vida
eterna, regenerar corazones, transformar su naturaleza, proporcionar el poder
para alcanzar la victoria espiritual, confirmar nuestro lugar en la familia de
Dios, intercede de acuerdo a la voluntad divina, nos sella para la gloria
eterna, nos promete la inmortalidad en el futuro. (2 Co. 1:22, Ro. 8:14-16, 26,
Jn. 16:8, Ro. 8:9, Ef. 4:39) ¡Debemos defender la sana doctrina!
El
ministerio del Espíritu Santo no es caótico, llamativo, ni extravagante.
¿Exalta
al verdadero Cristo? ¿Se opone a lo mundano? ¿Lleva a las personas a las
escrituras? ¿Exalta la verdad? ¿Produce amor a Dios y a los demás?
Docetismo=
niega el cuerpo físico de Cristo, dicen que solo era una apariencia.
2 Cor.
3:18 Nada que distraiga del enfoque de Cristo puede atribuirse a la obra del
Espíritu Santo.
Ser
lleno del Espíritu es estar centrado en Cristo (Heb. 12:2). Una verdadera obra
del Espíritu Santo produce santidad.
Requisitos
para el apostolado: Ser testigo físico de Cristo resucitado (Hechos 1:22,
10:39-41, 1 Cor. 9:1, 15:7-8), ser nombrado personalmente por Jesús (Mr. 3:14,
Lc. 6:13, Hch. 1:12,24, 10:41, Gal. 1:1), ser capaz de autentificar su
apostolado con señales milagrosas (Mt. 10:1-2, Hch. 1:5-8, 2:43, 4:33, 5:12,
8:14, 2 Cor. 12:12, Heb. 2:3-4). 1 Cor. 15:8, Pablo fue el último que vio a
Cristo resucitado.
El
sello romano comunicaba autenticidad, seguridad, propiedad y autoridad. El
Espíritu Santo personifica esas mismas realidades en la vida de sus testigos.
Los que han recibido al Espíritu Santo pueden estar seguros de que son en
verdad salvos. La salvación no puede perderse o ser robada. La presencia el Espíritu
demuestra que Dios es nuestro Señor y Maestro. A medida que son guiados por el
Espíritu Santo se manifestará una vida de obediencia sumisa a Cristo. Todo es
parte de la obra de sellado del Espíritu.
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